noviembre 15, 2013

Un sueño navideño



Sentada junto a la chimenea, estaba Rebeca.  La habían dejado para cuidar la casa mientras que los demás salían a celebrar la Navidad.  Nadie había pensado en hacerle un regalo.  A nadie se le había ocurrido llevarla a la fiesta de Navidad, aún cuando la gente está inclinada a pensar que esa fecha debería ser feliz para todos los niños, sean pobres o sean ricos.

La niña sólo tenía doce años.  Como era huérfana y de origen humilde, y no tenía amigos ni hogar, estaba obligada a trabajar para la esposa de un granjero hasta que cumpliera los dieciocho años.  Esa noche, estando sola junto al fuego, sintió la necesidad de que alguien la amara y la cuidara.

Rebeca era tímida y callada.  Tenía un rostro fino y una mirada pensativa que parecía buscar algo muy deseado.  Como siempre trabajaba duramente, en silencio y con paciencia, nadie consideraba el tierno corazón infantil que se escondía detrás del delantal, ni imaginaba los pensamientos que se le cruzaban por la mente.

Esa noche deseaba que las hadas de los cuentos existieran, y que bajaran por la chimenea para colmarla de obsequios.

-Seguramente soy tan pobre y estoy tan desamparada como la misma Cenicienta… ¡Cómo quisiera tener también un hada madrina que me ayude! –Se decía Rebeca mientras contemplaba el fuego que no ardía bien porque no tenía el ánimo suficiente para atizarlo.

Entre la gente del lugar circulaba una vieja creencia según la cual, en la víspera de Navidad, todas las cosas cobraban vida por una hora.  Rebeca ignoraba esa historia, y nunca pudo precisar si lo que experimentó fue real o no, lo que sí recordaba era que había caído en un profundo sueño…

Se vio a sí misma comparándose con Cenicienta.  De pronto, se asombró al escuchar que una vocecita le decía: -¡Bien, mi niña!  Si quieres escuchar algunos consejos, me sentiré muy contenta, pues he pasado por muchas experiencias en esta vida.


Rebeca miró sorprendida, pero sólo vio a una vieja gata semidormida sobre una caja.

-¿Hablaste, Cuchita? –Preguntó la niña.

-Por supuesto que lo hice.  Si en verdad deseas tener un hada madrina, cuenta conmigo.

Rebeca se rio; empero, el color plateado de la gatita, su pecho blanco, su mirada bondadosa y maternal, la convertían, después de todo, en una muy buena hada madrina.

-Bien, estoy lista para escuchar.  –Dijo Rebeca en forma respetuosa.

-En primer lugar, ¿qué es lo que más deseas? –Preguntó la supuesta hada madrina.

-Que todos me amen. –Contestó Rebeca.

-¡Bien! –Exclamó el felino-.  Esa respuesta me complace.  Es muy conmovedora.  Te diré cómo lo conseguirás: ámalos tú primero, entonces ellos te amarán.

-No sé cómo hacerlo… -Objetó Rebeca.

-Pues yo tampoco lo sabía al principio.  –Repuso Cuchita-.  Cuando llegué por primera vez a esta casa, era una joven y tímida gatita.  Tenía miedo de todos, por eso trataba de alejarme de la gente.  Me escondía en el establo y salía solamente cuando estaba segura de que nadie estaba cerca.  Era una gatita muy infeliz porque, en realidad, deseaba ser mimada pero no sabía por dónde empezar.

Un día escuché que la tía Sarita le decía al amo: -Juan, esa gatita salvaje no sirve para nada.  Deberías arrojarla al río para que se ahogue, y traer un gato domesticado para que entretenga a los niños y acabe con los ratones.

-El pobre animal fue muy maltratado.  Creo que deberíamos darle otra oportunidad.  Tal vez logre confiar en nosotros.  –Respondió el buen hombre.

Mientras descansaba en el establo, reflexioné sobre el asunto y decidí poner todo mi empeño para no acabar en el fondo del río.  Al principio fue difícil, pero comencé por dejar que la pequeña Juanita jugara conmigo.  Después, me arriesgué a entrar a la casa.  Todos me recibieron bien; así que, hice una segunda incursión, pero esta vez lo hice con un ratón entre mis fauces, para demostrar que no era ninguna inútil.  Nadie me lastimó ni me asustó, y pronto me convertí en la mascota de la familia.  Desde ese momento vivo muy feliz en este hogar.

Rebeca escuchaba ansiosamente, y cuando Cuchita terminó de hablar, le preguntó con timidez:
-¿Piensas que a ellos les gustará que me muestre confiada y trate de demostrarles afecto?

-Claro que sí, mi niña.  Ya la señora dice que eres muy hábil, así que, haz lo que yo hice y encontrarás mucho amor en el mundo.

-Lo haré.  –Dijo Rebeca con determinación-.  Gracias, querida gatita, por tu consejo. 

Cuchita rozó las manos de Rebeca con su suave cabeza y luego saltó al regazo de la niña para acomodarse en él.

No pasó mucho tiempo cuando, súbitamente, Rebeca escuchó otra voz.  Una muy extraña y monótona voz que venía desde arriba.

-Tic, tic, tic.  Pide otro deseo, pequeña Rebeca, y te diré cómo obtenerlo. 
–Le dijo el reloj de la puerta, que había marcado las doce cuando Cuchita comenzó a hablar.

-¡Cuántas cosas extrañas ocurren esta noche! –Exclamó Rebeca.  Y después de pensar un momento, dijo con firmeza: -Quiero que mi trabajo me guste más.  Es muy aburrido lavar los platos, recoger la basura, coser los dobladillos de las toallas…  y no sé cómo soportaré seis años más haciendo ese trabajo.

-Cuanto dices me recuerda a mis propios sentimientos.  –Dijo el reloj-.  No cabía en mi mente el pensamiento de que debía marcar la hora, año tras año, en el mismo lugar.  Decidí que no lo haría y armé un gran alboroto.  Lo que conseguí es que me consideraran como una cosa inútil y me arrinconaran durante meses en esta esquina.  Al principio, me sentí feliz de no hacer nada.  Después, comencé a pensar que el objetivo de mi vida era marcar la hora, y que lo más sabio sería cumplir con mi deber y buscar la forma de hallar satisfacción en mi trabajo.

-¿Y comenzaste otra vez? –Inquirió Rebeca con gran ansiedad. Y sin esperar respuesta, le rogó: -¡Por favor, enséñame a ser fiel y a querer lo que hago!

-Lo haré –dijo el viejo reloj, y marcó la media hora con una sonrisa en su redonda faz mientras seguía dando su inacabable tic, tac.

De pronto, por alguna extraña razón, el fuego se avivó y la tetera con agua, que estaba sobre él, comenzó a cantar.

-¡Qué alentador es todo esto! –Exclamó Rebeca al percibir el agradable calor que irradiaba toda la cocina.

-Si pudiera pedir un tercer deseo, diría que quiero convertirme en una persona tan alegre como el fuego.
-Si ese es tu deseo, lo tendrás.  Pero debes trabajar para conseguirlo, así como trabajo yo… -Dijo el fuego, al tiempo que sus llamas abrazaban a la vieja tetera que se puso a gorgotear complacida.

A Rebeca le pareció escuchar una voz que tarareaba estas palabras:
                        “Soy una vieja tetera,
                          No puedo impedir la alegría
                          Cuando el fuego flamea.”

Cerca de la una de la madrugada, el enorme trineo que conducía a la familia regresaba a la casa, mientras la tía Sara pensaba en voz alta: –No debería sorprenderme si esa niña ha hecho otra de sus travesuras… Si ha desordenado la casa o ha comido hasta enfermarse… ¡Hasta podría haber huido robándose algo!

-Yo no pensaría tan mal de esa pobre niña.  –Intervino el granjero, que venía manejando el coche-.  Si fuera por mí, la habría llevado con nosotros.  Yo creo que ella jamás asistió a una fiesta, y tengo la sensación de que necesita ese tipo de actividad.

-La verdad es que no pude prepararle un vestido decente para que fuese con nosotros; y como a ella no parecía importarle quedarse en casa…  Sin embargo, la idea de que se haya quedado sola me preocupó durante toda la noche.  –Argumentó la esposa, con enorme pesar, mientras abrazaba a la pequeña Juanita.

-Tengo palomitas de maíz y una gran manzana para ella –dijo Beto, que estaba sentado junto a su padre.

-¡Y yo le daré una de mis muñecas! Ella dijo que nunca tuvo una… ¿No es terrible eso? –Dijo Juanita, acomodando su cabecita en el regazo de su madre como si fuera un pajarillo en su nido.
-No sé, yo le daría los guantes rojos que tejí…  Pero… Después de ver lo que ha estado haciendo… Si no cometió falta alguna… si no desordenó las cosas… Si ha cuidado el fuego y se acordó de mantener la tetera caliente para que yo pueda tomar una taza de té.  Si entibió mis pantuflas…

Cuando llegaron, encontraron a la pobre Rebeca acostada en el piso frío.  Tenía la cabeza recostada sobre el banquillo y en sus brazos, a la vieja Cuchita que estaba tapada con la punta de su delantal.  El fuego ardía espléndidamente.  La tetera hervía y, cerca del fogón se entibiaban, en una fila, no sólo las pantuflas de la tía Sara, sino también las del señor y la señora; mientras que en una silla colgaban los camisones de los niños.
-¡Quién podría tener más consideración que esta niña!  -Exclamó la tía Sara-.  Rebeca tendrá esos guantes…  ¡y también le tejeré un par de medias!

La tía Sara dejó los guantes en las manitas ásperas que habían trabajado todo el día.  Beto colocó la manzana y su bolsita de palomitas de maíz en un lugar donde ella las pudiera ver al despertarse.  Juanita, por su parte, ubicó su muñeca en los brazos de Rebeca mientras Cuchita la olfateaba como aprobándola, para deleite de los niños.

El granjero no tenía ningún presente preparado, pero tomó la pequeña cabecita de la niña y la apretó contra su pecho.  Sus caricias hicieron brotar una sonrisa de los labios de Rebeca.  –Mimaré a esta niña abandonada –se dijo el buen hombre-, como me gustaría que otros mimen a mi hija si tuviese la desgracia de quedarse sola.

La madre le dio el mejor de todos los regalos: se agachó y la besó tan tiernamente como sólo las madres pueden besar, mientras se reprochaba por haberla descuidado.

Esa caricia desacostumbrada despertó a Rebeca.  Y al echar un vistazo a su alrededor, se maravilló de los cambios que observó en los rostros de los demás, e impulsada por una inmensa felicidad, comenzó a gritar: -¡Mi sueño se ha cumplido! ¡Mi sueño se ha cumplido!

Dibuja la parte del cuento que más te impresionó
 












ACTIVIDAD

Une con línea cada hecho con el orden secuencial que le corresponde
1                    También el reloj se comprometió a enseñarle a querer su trabajo
2                    Rebeca quiso tener un hada madrina
3                         Rebeca se había quedado sola en la casa en la noche de Navidad.
4                         El fuego le dijo que ella debía trabajar para llegar a ser alegre como él
5                         La familia se sorprendió al descubrir que Rebeca había pensado en todos
                            y la colmaron de regalos
6                         Ella era huérfana y deseaba que la quisieran y la cuidaran.
7                         La tía Sara pensaba que Rebeca haría alguna travesura en su ausencia
8                        Cuchita le aconsejó que amara a los demás para que los demás la amen


No hay comentarios:

Publicar un comentario